Entre Nietzsche y el Evangelio, este texto de Cristopher Callejas, S.J., nos enfrenta a una pregunta incómoda pero necesaria: ¿seguimos matando a Jesús con nuestra indiferencia? Una reflexión profunda y cercana sobre el amor, la cruz y esa esperanza que insiste en levantarse incluso en medio de la violencia, el egoísmo y el fracaso humano.
Oremos para que, al igual que los discípulos en el Evangelio de hoy, nuestro encuentro con el Resucitado sea nuestra fuente de esperanza que nos impulse a comunicar el Reino de Dios.
Tomás, como casi todos, necesita de pruebas, signos y evidencia para creer; Jesús le propone a él, y a nosotros, un camino distinto para enfrentar las dudas: “Creer para ver”. Esto es arriesgado, requiere valentía, pero vale la pena.
En este Día de los Fieles Difuntos, la Iglesia nos invita a mirar la muerte con los ojos de la fe, recordando que quienes han partido no están olvidados, sino que viven en la presencia amorosa de Dios.
Escuchar a Jesús se convierte en la actitud primordial del discipulado cristiano. Como consecuencia de esta escucha, surge el seguimiento: las ovejas siguen a su Pastor porque reconocen su voz: “Yo las conozco y ellas me siguen”.
Ser cristiano se trata de amar gratuitamente, implica ver la realidad con lucidez y servir allí donde hace falta.
Como Tomás, déjate alcanzar por la paz del Resucitado y atrévete a decir desde lo más profundo: «Señor mío y Dios mío».
Hoy Dios ha conquistado un derecho para todos y que por nadie puede ser arrebatado, el derecho a la esperanza. La confianza de que la muerte no tendrá la última palabra.
La misión es ir por todos los confines anunciando las maravillas que el Señor ha obrado, los signos de esperanza y vida que ha legado.
Jesús nos llama a reproducir en la propia vida, lo que recibimos de Él. La cercanía con el Señor nos pone de cara al mundo, al prójimo.


