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Pentecostés no fue un espectáculo: nació en medio del miedo, el encierro y la incertidumbre. Este texto de Alejandro Navarro Cruz nos invita a redescubrir al Espíritu Santo lejos del ruido y más cerca de la vida real, donde la fe se vuelve valentía, verdad y compromiso.

HAY UNA BELLEZA SOBRECOGEDORA en los primeros pasos de la Iglesia naciente, una belleza que hoy corre el riesgo de ser secuestrada por el ruido. El mercado religioso contemporáneo ha querido transformar Pentecostés en una feria de vanidades: un
espectáculo de fuegos artificiales, estruendo y emociones pasajeras que sirve como analgésico para no pensar. Nos han vendido que el Espíritu Santo es una efusividad cosmética, un trance ruidoso que nos saca de la realidad. Pero esa pirotecnia es un simulacro. Es el refugio de quienes temen profundizar en la teología y encontrarse con el Dios real, prefiriendo la ligereza de un show transitorio antes que el abismo transformador de la fe verdadera.

El Evangelio de Juan nos lleva a un lugar mucho más honesto y humano. Al anochecer de aquel día, los discípulos no estaban en un escenario; estaban en un búnker. Vivían el confinamiento del miedo absoluto, ese frío en el estómago que paraliza y obliga a cerrar las puertas ante un entorno hostil que busca anularnos. Todos hemos habitado esa habitación cerrada. Y es ahí, en medio del silencio del encierro, donde irrumpe el Logos. Jesús no pide permiso a la aduana de nuestros temores; se coloca en el centro y regala una paz que no es anestesia, sino estabilidad para la batalla.

«El Espíritu de Dios no nos saca del mundo para ponernos a flotar en
consuelos etéreos; nos mete de cabeza en el barro de la historia.»

Lo que sigue no es un escándalo, es un acto biológico y sagrado: Cristo sopla sobre ellos. Ese soplido es el mismo aliento original que modeló el barro del Génesis; es el Pneuma que reactiva los corazones congelados y los transforma desde la raíz existencial. No los enciende para que hagan un espectáculo performático o hablen lenguas extrañas para llamar la atención; los enciende con el fuego de la parresía, el valor inquebrantable de salir a la intemperie a defender la Verdad sin importar lo que pueda ocurrirles. El Espíritu de Dios no nos saca del mundo para ponernos a flotar en consuelos etéreos; nos mete de cabeza en la profundidad de la Encarnación, en el barro del surco diario, dándonos la autoridad profética para rescatar el sentido de la vida allí donde la superficialidad intenta vaciarlo todo.

Alejandro Navarro Cruz

Sociólogo católico e investigador en la frontera entre la praxis rural y la teoría social · Costa Rica