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Augusto Jarquín, S.J., nos invita a sumergirnos en su experiencia de misión en Cuba. Desde la esperanza y el corazón abierto, Augusto cuenta cómo encontró el rostro de Dios en lo cotidiano de la gente y las comunidades jesuitas con las que compartió, convencido de que dar la vida comienza en la fidelidad de una presencia cercana, alegre y esperanzadora.

Para tu misión en comunidades apostólicas te destino a Cuba… con estas palabras acompañadas por una carta detalla de lo que buscaba consolidar en mi proceso como novicio jesuita esta experiencia fuera de la casa de formación comencé a preparar la mente, corazón y espíritu para vivir con grande ánimo y liberalidad esta nueva oportunidad que se me presentaba para medirme en hasta donde ha llegado mi deseo personal de configurar mi vida con Cristo desde el modo de proceder que la Compañía de Jesús ofrece. Fue una experiencia que puse en manos de Dios, y me permití confiar desde el día uno, manteniendo en el deseo de querer estar y acompañar a este pueblo con lo poco que se.

Fue enviado específicamente a Santiago de Cuba, en el oriente del país, a contribuir con el trabajo pastoral y social que desde la parroquia San Luis Obispo los jesuitas llevan adelante. Tiempo atrás había deseado conocer la isla, para tener mi propia mirada de lo que allí ocurre. Una vez más, el Señor me sorprendió: no solo me permitió conocer, sino también vivir como un cubano más, como otro asere que se aferra a la vida en medio de tantos signos de muerte que la realidad social, política, económica y cultural pone enfrente.

Al llegar, me encontré con todo lo triste, doloroso y agobiante que me habían contado. Pero también me encontré con un pueblo que apuesta por la vida. Un pueblo que ha depositado su confianza en el Dios; y es Él quien les sostiene. Una sociedad que no ha dejado de soñar, que camina unida, que no solo ha aprendido a lavarse los pies como gesto de amor, sino también a curarse las heridas y a resignificar el dolor a través de la solidaridad y la búsqueda del bien común, a modo de las comunidades de los hechos de los apóstoles.

Mi tiempo de misión coincidió con uno de los momentos de mayor tensión que vive el país. La crisis se ha agudizado: la falta de petróleo limita casi por completo la movilidad, los apagones marcan el ritmo de la vida diaria y la incertidumbre sobre el futuro se respira en muchas conversaciones. Sin embargo, siento profundamente que llegué en el mejor momento.

Fue un tiempo que me abrió los ojos y me confrontó con la capacidad del mal cuando el ser humano se aleja del plan de Dios, cuando los deseos de poder rompen la paz y la armonía de un pueblo. Pero también fue el tiempo en que pude descubrir que, incluso en medio de realidades heridas, Dios sigue actuando. No se ha ido. No se ha ausentado, como a veces pareciera desde fuera.

Estar allí, no desde fuera sino como uniéndome a lo cotidiano de la gente, le dio un sentido más encarnado a mi vida como religioso, hizo arder en mí este deseo que me ha acompañado: acompañar a otros pobres como yo, llevándolos al Cristo que los libera y les devuélvela dignidad que les han querido arrebatar. Descubrí que puedo hacer algo por los otros, aunque sea pequeño. Y ese poco me fue humanizando, confirmándome en el llamado a humanizar la vida con gestos sencillos. Porque, al final, hacer Reino es eso: que todos tengan vida y se sientan felices de vivir.

Algo que me marcó profundamente fue el valor de la comunidad. El templo es casa, refugio, espacio de libertad. Es donde todo se pone en común, donde todos tienen un lugar. Es el espacio donde se sueña y se empieza a vivir un mundo distinto. La gente dice , se involucra, propone. Los laicos asumen un rol protagónico, lideran, ponen sus dones al servicio de la comunidad.

Las comunidades jesuitas que encontré —vivas, sencillas y profundamente confiadas en Dios— fueron un testimonio elocuente de fidelidad y esperanza. Presencia real en las fronteras, donde otros no llegan. En ellas experimenté lo que significa ser parte de un cuerpo, de una misión compartida, de una vida entregada. Su sola presencia en estas tierras es ya profecía, es amor que se da sin medida.

También las familias que me acogieron me enseñaron una hospitalidad radical. Abrieron sus casas y sus corazones, compartieron lo poco que tenían y me dejaron entrar en la intimidad de sus vidas. Con ellas no solo compartí oraciones, palabras o reflexiones: compartí la vida. Y en esa vida compartida, Dios se hizo presente de maneras sencillas, pero profundamente transformadoras.

De manera especial, los niños marcaron mi experiencia. Los de la catequesis, del repaso escolar y de la Casita Azul (hogar sustituto de niños) se convirtieron en fuente de inspiración. En ellos descubrí una alegría indomable, una libertad que no se deja encadenar, una capacidad de resistir sin perder la ternura. Ellos gritan en medio del silencio, corren donde otros se detienen, sonríen incluso cuando el dolor está presente. Son un signo vivo de esperanza.

Los jóvenes también dejaron huella en mí. En medio de tantas dificultades, siguen soñando y haciendo futuro de forma creativa en medio de las limitantes. Y yo quise soñar con ellos. Quise creer, junto a ellos, que otra realidad es posible para Cuba. Con ellos renové mi propio sí a la vida, al llamado, al sueño de Dios para su pueblo. No solo recibieron algo de mí; me enseñaron caminos concretos para encarnar la misión en lo cotidiano.

En Cuba comprendí que el compañero de Jesús está llamado a dar la vida cada día, no necesariamente en lo extraordinario, sino en la fidelidad de una presencia cercana, alegre y esperanzadora. Un pueblo herido necesita más que discursos: necesita testigos fieles del Resucitado.

Nuestra espiritualidad nos invita a vivir con la mirada en el cielo y los pies bien puestos en la tierra. A reconocer que la redención ya está germinando, incluso en medio de las sombras, y que estamos llamados a ser parte de ese proceso.

Cuba conmueve. Duele. Interpela. Es fácil dejarse afectar por realidades que parecen contradecir el Reino. Pero también es un lugar donde se aprende que no siempre estamos llamados a hacer cosas grandes, sino a ser presencia que habla menos y escucha más con el oído, mente y corazón.

Por eso, en medio de todo, quise ofrecerme, dar la vida todos los días. Llevar alegría donde había tristeza, recrear la esperanza donde parecía agotarse, abrazar el dolor sin huir de él. Quise, simplemente, estar.

Y desde ese estar, recordarme que nada ni nadie puede arrebatar al ser humano su capacidad de soñar, de amar, de sonreír, de vivir y de darse. Porque quizá allí, en esos gestos sencillos y profundamente humanos, está la forma más auténtica de resistir y de anunciar que la vida, a pesar de todo, siempre tiene la última palabra.

Esta experiencia también me invitó a no caer en un dolor paralizante que alimenta el odio y la desesperanza. Más bien, a dejar que el contacto con realidades complejas me impulse a recrear, a imaginar que todo lo que hago puede ser un modo en que Jesús sigue redimiendo a través de mí.

Y desde ahí quiero vivir: haciendo presencia, mostrando otra forma de luchar por la justicia y la paz, convencido de que Dios no se ha ido… sigue caminando, también hoy, con su pueblo.

Porque aseres, Cuba duele, pero también te hace arder el corazón y te lleva a reconocer al Resucitado que se sienta junto a nosotros y parte el pan que verdaderamente llena.

AMDG.