Un año más o un año menos, esto depende desde dónde queramos verlo: propósitos cumplidos y propósitos que solo se quedaron en el papel para luego ser prometidos de nuevo. Deseos y sueños se proyectan para el siguiente año, y poco a poco cada año se convierte en un prometer, en un desear que en febrero ya nadie recuerda.
La misma actitud nos puede pasar con lo que hoy estamos celebrando: un año más donde desempolvamos el árbol de Navidad, las luces, la alegría de los regalos, la comida de Nochebuena. Se nos va la vida en adornar nuestras casas, en dejar bonito el nacimiento, y se nos olvida un detalle importante: que Jesús lo que quiere es que preparemos el corazón. Esa ha sido la insistencia de las lecturas para este tiempo: preparen el corazón.
Las preguntas que me gustaría plantear son: Si esta fuera nuestra última Navidad y se nos pidiera dar cuenta de nuestra vida, ¿de qué ha estado lleno nuestro corazón? ¿Estoy feliz con lo que he sido hasta este momento? ¿Mi vida ha tenido sentido? ¿He tenido un propósito para mi existencia? ¿En qué he gastado mi vida? ¿Me iría satisfecho o satisfecha con lo que he sido hasta este día?
Posiblemente más de alguna pregunta nos mueva internamente. Quizás estamos viviendo en un momento en el cual no estamos felices con lo que somos, tal vez nuestra vida en este momento no tenga un sentido y estemos viviendo a la deriva. Posiblemente no sabemos cómo gastar la vida, posiblemente no estamos satisfechos con lo que somos. Si es así, quiero decirte: ¡Todavía podemos tener esperanza!
Esto refleja que estamos en un momento donde necesitamos de Él, necesitamos de su presencia. Estamos en un momento donde nuestra esperanza no es un simple sentimiento, sino una esperanza con fundamento, una buena noticia para nuestra vida y para la comunidad.
Ante un mundo fragmentado, con gobiernos corruptos y opresores, con discursos de manipulación, con la dicha de que estamos interconectado en redes sociales pero con individuos que sufren soledades profundas, mundo que estamos gastando y destruyendo, es este mundo que al observarlo lo primero que se nos quita es la esperanza, es en este mundo donde quiere nacer Jesús. Su nacimiento nos confirma que Dios es un Dios con nosotros, un Dios que nos revela que la vulnerabilidad no es debilidad. Dios nos sigue confirmando que su presencia no es desde el poder o la grandeza, sino desde la pequeñez, la intimidad y la cercanía. Es por tal razón, que nos pide preparar el corazón para reconocerlo y acogerlo; preparar el corazón para apropiarnos del proyecto de Dios, preparar el corazón para regocijarnos de que Él nos acompaña.
Para los cristianos del siglo XXI, la esperanza no es un sentimiento optimista que busca engañarnos de que todo está bien. Nuestra esperanza está fundada en un niño indefenso y pequeño, un niño que nos revela que la transformación no viene de grandes potencias o acontecimientos, sino de la capacidad de amor que habita en nuestros corazones.
Por lo tanto, la esperanza para los cristianos no es ingenua. Con tener esperanza no estamos negando el sufrimiento, no lo esquivamos; es todo lo contrario. Aceptamos nuestra realidad y nos comprometemos con ella, trabajando de la mano con Jesús. Un trabajo que empieza por nosotros mismos: un cambio de mirada, una mirada de misericordia hacia nosotros y nuestra historia de vida. Luego esa mirada se traslada a nuestro entorno, y así, desde lo pequeño, vamos transformando nuestra vida y la de quienes nos rodean.
Es así como la esperanza sigue viva, porque la esperanza es acción: es seguir naciendo, seguir transformándonos, seguir eligiendo la vida, los pequeños detalles, el amor. La esperanza se convierte en buena noticia porque nuestro fundamento es el niño que eligió la sencillez, que eligió estar con-nosotros.
La pregunta es: ¿Dónde lo estamos buscando? Si lo buscamos bajo el árbol de Navidad, creo que será difícil encontrarlo… Salgamos a la calle, de seguro ahí estará, naciendo y pidiendo que lo acompañemos.
Por Ronaldo Melgar, S.J.





