Hermanas y hermanos de este tiempo:
Les escribo desde el silencio de la historia, desde esa memoria que no se borra porque está tejida con sangre, fe y amor. Me llamo Luis Gonzaga. Nací en 1568 en Italia, en una familia noble. Era el hijo mayor del Marqués de Castiglione y, por lo tanto, heredero de títulos, tierras y privilegios. Desde niño me preparaban para una vida de poder, de armas, de corte. Pero algo en mí —una sed que no venía de este mundo— me empujaba en otra dirección.
A los once años, la vida de los santos me mostró otro camino: el de los que no viven para sí, sino para Dios. Contra la voluntad de mi padre, renuncié a mi herencia y me uní a la Compañía de Jesús. Quería ser jesuita, no para destacar, sino para servir. Así llegué a Roma, donde comencé el noviciado con 17 años.
Tenía 23 cuando la peste golpeó la ciudad. Debo confesarles que no fui inmune al miedo ni a la tentación de huir. Sentí la fragilidad de mi vida, el peligro real de la muerte, y más de una vez pensé en salvarme a mí mismo. Pero, en medio de esa lucha interna, algo más fuerte que el miedo me iluminó: un compromiso profundo nacido de la experiencia del amor gratuito de Dios.
Ese amor encendió mi corazón, me hizo abrazar el temor sin dejarme paralizar por él; salí a las calles a cuidar a los enfermos, abracé a los que nadie quería tocar. Pedí limosna para ellos, los llevaba al hospital, los lavaba, los acompañaba. Allí me contagié. Y allí morí, un 21 de junio de 1591, con el nombre de Jesús en los labios. No hice nada grande.
Escuché lo que vivieron hace poco y supe desde lejos cómo la pandemia del COVID-19 los sorprendió, encerró y dividió. Vi cómo muchos dejaron de creer que la vida se entrega, no se administra; cómo abandonaron a quienes más los necesitaban, a quienes se quedaron sin compañía; cómo el culto se redujo a transmisiones en línea; y cómo la caridad se postergó como una promesa para después. Entiendo ese temor, porque yo mismo lo sentí. Pero entonces aprendí algo fundamental, y es lo que quiero recordarles: el miedo a la muerte es, en realidad, miedo a la vida; es no saber por qué vale la pena vivir, lo que implica no saber por qué vale la pena morir.
En esa encrucijada, Jesús me tendió la mano. El mismo que abrazó a los leprosos, tocó a los impuros, consoló a los que nadie quería. El mismo que no se salvó a sí mismo, sino que se entregó hasta el final. Sus primeros seguidores caminaron ese camino, arriesgando todo por amor. No les escribo para reprochar, sino para despertar. Porque la fe verdadera no es un refugio para el miedo, sino un fuego que enciende la entrega. No es un escudo para esconderse, sino una fuerza para salir a vivir con pasión y, si hace falta, también morir con la misma pasión.
A ustedes, hermanas y hermanos de hoy, les digo: no permitan que la memoria de aquella pandemia se diluya en el olvido ni en la comodidad. No se conformen con una vida cómoda y sin riesgos. Vuelvan a las calles, a los gestos, al riesgo y la ternura del amor que transforma. Vuelvan a Jesús, no como recuerdo, sino como camino vivo.
Con afecto fraterno,
Luis Gonzaga, SJ.





