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1 de febrero de 2026 – IV Domingo del tiempo ordinario (Mateo 5, 1-12a)

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos, y él se puso a hablar enseñándoles: “Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos ustedes cuando los insulten, y los persigan, y los calumnien de cualquier modo por mi causa. Estén alegres y contentos, porque su recompensa será grande en el cielo”.

Mt 5, 1-12a

En el Evangelio de Mateo, Jesús es presentado como el nuevo Moisés. Presenta cinco largos discursos de Jesús, que coinciden con el Pentateuco (los cinco primeros libros de la Biblia), tradicionalmente atribuidos a Moisés como su autor y que encarnan la Ley judía. Así como el Pentateuco encarna el estilo de vida judío, estos discursos encarnan la visión de Jesús sobre la vida que nos propone.

El Sermón del Monte es el primero de estos cinco discursos. No es una grabación ni un registro textual de un sermón o discurso. Es, más bien, una colección de dichos y enseñanzas que se centran en las cualidades personales que se esperan de un discípulo de Jesús.

¿Qué es lo esencia en la vida quien desea centrarse en Jesús?

Así como los Diez Mandamientos son la base del estilo de vida judío y una ley a seguir, las Bienaventuranzas son el estilo de vida cristiano. Por nuestra catequesis, seguimos centrados en cumplir los Mandamientos y no asumimos las bienaventuranzas como guía de vida. Los Mandamientos son más o menos fáciles de cumplir; casi todos se pueden observarse sin amor, esto alimenta nuestro narcisismo egocéntrico. Ese fue quizás el problema del joven rico que decía haber guardado los Mandamientos desde niño, pero no se atrevía a compartir su riqueza con los pobres. Esto fue sin duda una falta de amor al prójimo, y por eso no pudo convertirse en discípulo de Jesús.

Las Bienaventuranzas no son mandamientos. No son tanto cosas que hacer ni reglas que guardar, sino actitudes esenciales que dan sentido y orientación a la vida y su observancia solo es posible con un profundo amor a Dios y al prójimo. Representan los valores del Reino porque nos humanizan, actuamos desde el amor y el servicio generoso y no desde la lógica del poder, el tener y el aparentar. El Reino no es un lugar. Es la persona de Jesús y lo que representa en su visión de la vida y relación compasiva con las personas. Cuando elegimos el modo de proceder de Jesús y renunciamos al poder y las riquezas injustas, hacemos presente el Reino de Dios.

¿Qué nos propone Jesús?

Bienaventurados quienes reconocen claramente su total dependencia de Dios. Somos creaturas amadas por el Padre y todo nos viene de su gratuidad.

Bienaventurados quienes sienten un profundo dolor por los males e injusticias de este mundo. Lloran no solo su propio dolor, sino que se solidarizan con todos aquellos que son víctimas de la inhumanidad del hombre hacia el hombre. Pueden discernir la presencia amorosa de Dios incluso en situaciones que parecen tan negativas y dolorosas.

Bienaventurados los amable y bondadoso. Esas personas que no actúan con arrogancia, intimidación ni manipulación violenta. Ellos encarnan un profundo respeto y ternura hacia todos.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de dedicar sus vidas y energías a trabajar por la restauración de la verdadera justicia y la paz en nuestras sociedades. Estas personas pertenecen al Reino de Dios, porque es la voluntad de Dios que su hambre de justicia sea saciada.

Bienaventurados los misericordiosos, los que les mueve una profunda compasión y empatía ante el dolor que experimentan los demás.

Bienaventurados los de limpio corazón, es decir, los que ve las cosas con una perspectiva totalmente imparcial, sin distorsión del que buscan su propio provecho.

Bienaventurados los agentes activos de unidad y reconciliación dondequiera que estén. Buscan la paz como fruto de la justicia; porque no puede haber paz donde hay prejuicios, discriminación o explotación.

Bienaventurados los perseguidos por causa del evangelio, de la justicia y la bondad.

Las Bienaventuranzas tienen una calidad y una profundidad que van mucho más allá de los requisitos morales de los Diez Mandamientos. Exigen una relación muy especial con Dios y con quienes nos rodean. Implican no solo la observancia personal de las normas éticas, sino un profundo interés en participar en la construcción del mundo en el que vivimos, contribuyendo a convertirlo en un lugar de verdad, amor, compasión, justicia, libertad y paz. De esto se trata el «Reino». Es algo completamente diferente.

Y tú ¿estás preparado para ello?