En el Evangelio de este domingo, Jesús contempla a una multitud necesitada y se deja tocar por su realidad. A partir de esa compasión, llama a sus discípulos y los envía a continuar su misión de anunciar, sanar y servir. El relato nos propone un camino sencillo y profundo para todo discípulo: dejarse ver, dejarse compadecer y dejarse enviar.
1. Dejarme ver
Antes de mirar el mundo, necesito dejar que Dios me mire.
Con frecuencia me observo desde mis miedos, mis exigencias y mis carencias. Me juzgo con ingratitud y dureza y, muchas veces, termino mirando a los demás de la misma manera.
Jesús me invita a descubrir otra mirada: la mirada de Dios. Una mirada que conoce mis límites, pero sobre todo mis posibilidades.
2. Dejarme compadecer
Al verme, Dios no siente lástima. Siente compasión.
No me juzga desde lejos ni me señala con el dedo. Comprende mis luchas, conoce mis heridas y abraza mi fragilidad.
Su compasión toma la forma del perdón, de paciencia, de ternura y de confianza y esto es lo que me hace capaz de compadecerme de los demás, porque nadie da, de lo que no tiene.
3. Dejarme enviar
La experiencia del amor de Dios nunca termina en mí.
Quien ha sido visto con amor aprende a mirar con amor.
Quien ha sido comprendido aprende a comprender.
Quien ha sido perdonado aprende a perdonar.
Por eso Jesús llama y envía.
Tal vez la misión no consiste en salvar el mundo por mis propias fuerzas. Si no, en prolongar la mirada, la compasión y la acción de Jesús ante el sufrimiento del mundo.




