A veces las preocupaciones de la vida pueden hacernos pensar que Dios está lejos de la realidad concreta. Lejos de las dudas, del cansancio, de la ansiedad, de esos momentos en que uno se siente perdido o insuficiente.
Pero las lecturas de este domingo nos cuentan otra historia.
En Hechos 8, 5-8. 14-17, se desata la persecución contra los primeros cristianos. Hay incertidumbre y fragilidad. Y, sin embargo, mientras todo parece tambalearse, el Espíritu sigue actuando silenciosamente. Y lo hace precisamente en Samaría, un lugar despreciado y rechazado por muchos. Como si Dios quisiera recordar que su presencia también alcanza los lugares heridos y confusos de la vida.
Después, en 1 Pedro 3, 15-18, Pedro escribe a una comunidad pequeña, vulnerable y acosada. No les exige perfección ni claridad en todo. Solo les pide que no pierdan la esperanza. Porque la fe no consiste en tener una vida impecable, sino en conservar una pequeña luz encendida incluso cuando alrededor parece haber oscuridad.
Y en el Evangelio de Juan 14, 15-21, se acerca la pasión de Jesús y por eso habla a sus amigos como quien se despide. Ellos tienen miedo de quedarse solos. Y entonces Jesús les dice una de las frases más humanas y consoladoras del Evangelio:
“No los dejaré huérfanos”.
Tal vez eso es lo que más necesitamos escuchar hoy.
Que incluso cuando no entendemos todo, cuando nos sentimos cansados o confundidos, no estamos abandonados.
Que el Espíritu sigue obrando. En silencio. Sin imponerse.
Como una presencia que acompaña desde dentro.
Y quizá la esperanza cristiana comienza justamente ahí: no en tener todas las certezas, sino en descubrir que Dios sigue caminando con nosotros, incluso (sobre todo) en los días más frágiles.




