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Domingo 1 de noviembre – Mateo 5, 1-12

El Evangelio de este domingo nos presenta las Bienaventuranzas. Estas no son una lista de mandamientos o reglas que debamos cumplir para alcanzar la felicidad; son una propuesta de vida, una invitación a mirar la realidad con otros ojos y a relacionarnos desde el amor, la compasión y el servicio.

Podríamos decir que las bienaventuranzas constituyen hoy, en nuestro mundo, una manera de proceder que pone al centro la dignidad de las personas y desafía las lógicas del poder y el individualismo. En Centroamérica, esta propuesta adquiere una fuerza particular. Vivimos en una región atravesada por desigualdades, violencia, exclusión y heridas que todavía esperan justicia. Por eso, cuando Jesús proclama: «Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados», nos invita a no acostumbrarnos al sufrimiento ajeno, a no guardar silencio ante la injusticia y a comprometernos con quienes ven vulnerada su dignidad. Tener hambre de justicia es aprender a mirar más allá de nuestra propia realidad y reconocer que la vida de los demás también nos compromete.

Y cuando dice: «Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios», nos recuerda que la paz no consiste simplemente en la ausencia de conflictos o violencia. Es una tarea que exige valentía: construir relaciones basadas en el respeto, abrir espacios para el diálogo, rechazar el odio y buscar caminos de reconciliación. Es atrevernos a romper las dinámicas de agresión, discriminación e indiferencia que tantas veces normalizamos en nuestras familias, comunidades y sociedades.

Este compromiso no es exclusivo de quienes lideran grandes iniciativas o tienen responsabilidades públicas. También se construye en nuestras decisiones cotidianas: cuando defendemos a quien sufre una injusticia, escuchamos a quien piensa diferente, tendemos puentes en medio de los conflictos o nos negamos a participar en aquello que lastima a otras personas. Las Bienaventuranzas nos invitan a comprender que la justicia y la paz no son ideales abstractos, sino valores que cobran vida en nuestra manera de actuar.

Seguir a Jesús es, entonces, atreverse a vivir de otra manera. Es descubrir que el Reino de Dios se hace presente cuando elegimos la justicia sobre la indiferencia, la paz sobre la violencia y el servicio sobre el poder. En una Centroamérica que necesita sanar tantas heridas, las Bienaventuranzas siguen siendo una invitación vigente y desafiante: no basta con soñar con un mundo diferente, estamos llamados a construirlo. Porque vivir como Jesús es, también, una forma de desafiar al mundo. ¿Te atrevés?