Domingo XX Ordinario, Ciclo A (Mt 15, 21-28)
Quien esté atento a los evangelios dominicales, hoy encontrará un significativo contraste. El domingo pasado Jesús llamó la atención de Pedro por haber permitido que el miedo lo invadiera mientras caminaba sobre las aguas. Jesús lo reprendió diciendo: «Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?».
Hoy, sin embargo, la exclamación que sale de Jesús es justamente la contraparte de la duda de Pedro. Dice Jesús, «¡Mujer, qué grande es tu fe!». A pesar de lo que podríamos pensar, Jesús alaba sólo otra vez la fe de alguien, y curiosamente nunca es la de los discípulos. Jesús se admira de la fe del centurión (Mt 8, 10). Con todo, el pasaje que hoy escuchamos tiene algo distinto. En el caso del centurión, Jesús se dirige a quienes lo siguen y les amonesta, diciendo que en todo Israel no ha encontrado fe tan grande. En cambio, hoy a la mujer cananea se dirige directamente a ella. Aunque son testimonios emparentados porque nos muestra que la acción de Dios está aconteciendo en las periferias de la Alianza, tienen un sabor distinto. La alabanza-admiración de Jesús es a la fe de la mujer que tiene enfrente, que no se deja amedrentar ni siquiera por las fuertes palabras de Jesús un poco antes al compararla con un perrito.
La Buena Noticia de este domingo reside en que Jesucristo también fue sorprendido por la acción de Dios y que descubrir la voluntad del Padre requiere una atención constante, por lo tanto, ninguno de nosotros deberíamos prescindir de la fe de quien tenemos delante. Quizá no sea nuestro tipo de fe, pero tal vez por ello sea tan renovadora, porque nos puede enseñar otro modo de confiar en Dios.
Además, no deberíamos ignorar de quién alaba personal y únicamente Jesús una fe. Es la fe de la mujer cananea, mujer «fuera» de la Alianza patriarcal, mujer que aboga por una hija endemoniada, mujer que infringe las reglas sociales y grita provocando la incomodidad de los discípulos. Es a esta mujer periférica la que los evangelios nos ponen como modelo grande de fe. Ni Pedro, ni Santiago, ni Juan profesarán una fe tan grande. Y ahí está la Alegre Noticia para nosotros, que fe primariamente no es correcto dogma ni rigurosa fidelidad a una Alianza; fe es reconocerse pequeños y necesitados ante Dios, que necesitamos de esa gracia que se desborda y cae de la mesa… que fe no es excluir ni crear clubes exclusivos en nombre de Dios, sino atender a quien grita por el camino por un poco de misericordia.
Lo tuvo que aprender Jesús, lo tenemos que aprender nosotros, que la fe tiene rostro de mujer, y si queremos ser grandes en la fe, debemos serlo al modo femenino. Del: “hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?”; al itinerario de conversión que el Evangelio anuncia: mujer de grande fe, ¡cómo has creído!
En un sistema teológico, religioso y eclesial, acostumbrado a la interpretación patriarcal y masculina de la fe, el Evangelio reserva la grandeza de la fe a un cuerpo femenino, a un acto materno, a una relación liberada del prejuicio y la exclusión. ¿Te animas tú también a una comunidad cristiana más femenina, donde una mujer periférica se convierte en madre de la fe e itinerario de conversión para todos nosotros?
P. José Javier Ramos Ordóñez, SJ


