Las palabras que lastiman
esas que pronunciamos con facilidad,
parecen fulminantes e irreversibles,
drásticas e inmisericordes.
Fracturan una amistad,
quiebran la hermandad,
provocan un abismo insondable
donde pocos pueden cruzar y reparar.
Sí, esas palabras burlonas,
que abren cicatrices incurables,
fragmentan y destrozan.
Esas palabras que no queremos pronunciar,
de las cuales nos arrepentimos por las consecuencias,
las que censuramos en los demás.
Son tan poderosas que nos sentimos derrotados,
sin capacidad de controlar,
sin poder de gestionar.
Ante tal imposibilidad,
nos queda intentar una vez más
equilibrar la balanza.
Ante una palabra de burla,
que abunden los elogios.
Ante una palabra sarcástica,
que abunden los cumplidos.
Ante una palabra de desprecio,
que abunde el afecto.
Ante una palabra —la que sea—,
que el día termine expresando gratitud.
Que abunden las palabras,
esas que construyen y reúnen,
las que reconcilian y abrazan,
las que calman y serenan.
Las palabras que sanan,
esas que debemos pronunciar con facilidad,
son alivio y bálsamo,
una caricia al corazón.





