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Homilía V domingo de Pascua – Domingo 3 de mayo de 2026 (Jn 14, 1-12)

Nos vamos acercando al final del tiempo de Pascual. La liturgia comienza a prepararnos para la Ascensión del Señor y Pentecostés. Jesús, en la última cena, ya ha anunciado su pasión, ha lavado los pies a sus discípulos y les ha dejado el mandamiento nuevo: “ámense los unos a los otros como yo los he amado”.

En el evangelio de este domingo, Jesús inicia su discurso de despedida. El Señor, quiere dejar grabado en el corazón de sus discípulos lo esencial, aquello que deberán continuar cuando Él ya no esté físicamente entre ellos.

En medio de este diálogo aparece Felipe con una petición muy sincera, que brota de lo más profundo de su corazón:

“Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.”

Es, en el fondo, el deseo de todo ser humano: ver a Dios, conocerlo, tener certeza de su presencia. Y la respuesta de Jesús es sorprendente:

“Quien me ha visto a mí ha visto al Padre.”

Es decir, Dios no se revela en cosas extraordinarias o lejanas, sino en lo concreto, en lo humano. Quien mira a Jesús: sus gestos, sus palabras, su manera de amar, de acercarse, de perdonar… está viendo a Dios mismo.

Felipe esperaba quizá una manifestación grandiosa, pero Jesús lo invita a algo más profundo: aprender a descubrir a Dios en lo cotidiano. Y aquí está también el corazón del mensaje para nosotros: ver a Jesús es aprender a ver a Dios en la humanidad, en toda su creación.

Porque Jesús  vino a mostrarnos al Padre, y a enseñarnos el camino. Por eso dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.” Y añade algo aún más fuerte: “El que cree en mí hará las obras que yo hago, y aún mayores.”

Esto no es una exageración. Es una misión. Significa que, si vivimos como Él, si amamos como Él, Dios seguirá haciéndose presente en el mundo a través de nosotros. Dios sigue actuando hoy. Está presente en las manos de quien sirve, en el corazón de quien perdona, en la vida de quien se entrega por los demás. Está en tantas personas sencillas que, como Jesús, luchan por la vida, trabajan por un mundo más humano, no pierden la esperanza.

Por eso, el evangelio de hoy nos invita a cambiar la mirada. A dejar de buscar a Dios solo en lo extraordinario… y aprender a reconocerlo en lo cotidiano, en lo cercano, en lo humano. Y entonces la pregunta se vuelve inevitable: ¿En qué mi vida está haciendo visible a Dios? ¿En qué mis gestos, mis palabras, mis decisiones reflejan a Cristo?

Que en este domingo nos demos el tiempo de contemplar, de descubrir a Dios actuando a nuestro alrededor, y de comprometernos a hacerlo presente con nuestra propia vida.

Que no se turbe nuestro corazón. Cristo vive… y sigue en medio de nosotros.

Carlos López, SJ

Sacerdote jesuita de la Provincia de Centroamérica. Realizo estudios en Teología Moral. Creo que el encuentro cotidiano con la Palabra de Dios es capaz de transformarnos y de orientar nuestras vidas. Es a partir de este encuentro y de la familiaridad con el Señor, que podremos adquirir los criterios para habitar cristianamente nuestro mundo. Esto es, vivir insertos en la realidad y en la historia, sin traicionar los valores fundamentales del Evangelio.