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Domingo 5 de julio de 2026 – Mateo:11, 25-30

Existen cansancios que no terminan de aliviarse con unas horas de sueño: son aquellos que nacen de las preocupaciones, las exigencias o la incertidumbre del mundo que habitamos y sus condiciones. Es verdad que, a veces, seguimos adelante con lo cotidiano, pero por dentro hay algo que sigue pesando.

En el Evangelio de este domingo encontramos algunas de las palabras más reconfortantes de Jesús: «Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré».

Antes de hacerlo, Jesús da gracias al Padre porque ha revelado sus misterios a la gente sencilla. Aquí, Jesús habla de aquellos que conservan un corazón humilde dispuesto a dejarse sorprender, y acompañar, por Dios. Es un recordatorio de que la verdadera sabiduría comienza cuando reconocemos que no lo sabemos todo.

El Evangelio de hoy puede leerse como una invitación a convertir el cansancio en una oportunidad: cuando experimentamos nuestros límites, descubrimos que no podemos solas y solos. Que necesitamos apoyo de alguien más. Es ahí donde el Señor sale a nuestro encuentro.

Jesús nos invita a aprender de Él que es «manso y humilde de corazón». Nos llama a «cargar con su yugo» que es ligero: Su propuesta no consiste en eliminar todas las dificultades, sino en enseñarnos una manera distinta de vivirlas. Una suerte de consuelo en las cargas compartidas.

Todos llevamos algún yugo, cargas que terminan agotando el corazón. El yugo de Jesús es diferente. Es el de quien sabe que no camina solo. Cuando dejamos que Él conduzca nuestros pasos, las dificultades no desaparecen, pero dejan de aplastarnos porque ya no descansan únicamente sobre nuestros hombros.

El Evangelio nos recuerda hoy que quien se acerca a Jesús descubre que siempre hay un lugar donde descansar el corazón, incluso cuando el camino sigue siendo exigente. ¿Te animás a detenerte y preguntarte qué está cansando tu corazón?, ¿te animás a compartir la carga con Él?