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Domingo 19 de julio de 2026 – Mateo 13, 24-30

A veces nos desespera que las cosas no sean tan simples: blancas o negras. Quisiéramos que las personas fueran completamente buenas o completamente malas, que nuestras decisiones siempre fueran las correctas o que las heridas desaparecieran rápido. Pero la vida, en su esplendor infinito, no funciona así.

Jesús, en el Evangelio de hoy, habla de un campo donde crecen juntos el trigo y la cizaña. ¿Será que este campo también se parece a nosotros? Porque hay días en los que somos capaces de amar con generosidad y otros en los que el orgullo o el cansancio nos ganan. Tenemos sueños enormes, pero también dudas. Queremos cambiar el mundo, aunque a veces ni siquiera sabemos por dónde empezar.

En el relato de Jesús, el dueño del campo no actúa desde la desesperación. A pesar de que sus criados van y le dicen que la cizaña está creciendo junto a su trigo, el hombre no arranca por impulso. Al contrario: espera, confía.

Vivimos inmersos en una era de resultados inmediatos: cambiar ya, sanar ya, triunfar ya. Cuando eso no sucede, sentimos que hemos fracasado. Sin embargo, Dios no mira nuestra vida como una carrera contra el reloj. Él sabe que crecer toma tiempo y que incluso en medio de nuestras contradicciones sigue brotando algo bueno. Justo como el hombre del relato de Jesús.

¿Y si dejáramos de obsesionarnos con la cizaña que crece y empezamos a cuidar mejor el trigo? Recordando que el bien, aunque crezca en silencio, nunca deja de abrirse camino.