Jesús resucitado siempre vuelve a nuestra vida, muchas veces de manera inesperada: en una palabra, en un encuentro, en la oración, en la comunidad, en el consuelo interior que sólo el Espíritu puede dar.
Breves comentarios sobre los evangelios dominicales que leemos en nuestra Iglesia a nivel universal.
Jesús resucitado siempre vuelve a nuestra vida, muchas veces de manera inesperada: en una palabra, en un encuentro, en la oración, en la comunidad, en el consuelo interior que sólo el Espíritu puede dar.
Alegrémonos de que la luz ha vencido a las tinieblas. Que la vida triunfó sobre la muerte. Hagamos realidad la Paz en medio de nuestra cotidianidad. Creer en el Reino de Dios implica apostar una y otra vez por acciones que construye solidaridad, fraternidad y justicia.
Jesús se va, pero se queda a través del Espíritu Santo, no se desentiende, sigue ahora en la discreción, hasta aquel día en que se manifieste a todas las naciones y entonces despuntará el alba del nuevo día para la humanidad. Y se manifestará como dueño y Señor de la historia.
Esta es la certeza que acompaña y mueve, en esperanza, la vida cristiana: el Señor resucitado permanece en medio de nosotros y su Espíritu nos guía. Guardar su palabra significa para nosotros, dejar que la vida de Dios, su proyecto, su Reino, iluminen nuestra vida, la transforme y la oriente.
La verdadera esencia del cristianismo no está en marcar diferencias, sino en construir puentes, sanar heridas y hacer visible el amor y la misericordia de Dios en cada acción. Por eso es importante preguntarse: ¿Cómo puedo amar con mayor generosidad? ¿Cómo puedo ponerme al servicio de los demás con autenticidad y desinterés?
Escuchar a Jesús se convierte en la actitud primordial del discipulado cristiano. Como consecuencia de esta escucha, surge el seguimiento: las ovejas siguen a su Pastor porque reconocen su voz: “Yo las conozco y ellas me siguen”.
Ser cristiano se trata de amar gratuitamente, implica ver la realidad con lucidez y servir allí donde hace falta.
Como Tomás, déjate alcanzar por la paz del Resucitado y atrévete a decir desde lo más profundo: «Señor mío y Dios mío».
Hoy Dios ha conquistado un derecho para todos y que por nadie puede ser arrebatado, el derecho a la esperanza. La confianza de que la muerte no tendrá la última palabra.
La Pasión de Cristo es el acto de amor más grande y generoso que hemos podido recibir, nos ha liberado y nos ha salvado. Por tanto, ¿está listo tu corazón para asumir el camino de cruz amando y sirviendo?