Las imágenes de la sal y de la luz se refieren a las «buenas obras» del discípulo, que al vivir según las enseñanzas de Jesús manifiesta con su vida la bondad del «Padre que está en el cielo» y, al mismo tiempo, con ella glorifica a Dios.
Breves comentarios sobre los evangelios dominicales que leemos en nuestra Iglesia a nivel universal.
Las imágenes de la sal y de la luz se refieren a las «buenas obras» del discípulo, que al vivir según las enseñanzas de Jesús manifiesta con su vida la bondad del «Padre que está en el cielo» y, al mismo tiempo, con ella glorifica a Dios.
Las Bienaventuranzas tienen una calidad y una profundidad que van mucho más allá de los requisitos morales de los Diez Mandamientos. Exigen una relación muy especial con Dios y con quienes nos rodean. Implican no solo la observancia personal de las normas éticas, sino un profundo interés en participar en la construcción del mundo en el que vivimos, contribuyendo a convertirlo en un lugar de verdad, amor, compasión, justicia, libertad y paz. De esto se trata el «Reino».
Las lecturas para este domingo nos dejan una buena noticia, sencilla y profunda: Dios actúa desde la fragilidad, desde la noche y desde los márgenes. Señor, enséñanos a creer en medio de la dificultad, a reconocer tu cercanía y a dar testimonio de tu presencia discreta y siempre creciente.
Necesitamos hombres y mujeres como Juan: profetas de esperanza, que anuncian al que viene a salvar, sin nunca confundirse con los salvadores. Nosotros sólo preparamos el camino, pero hay otro que es el auténtico Camino, Verdad y Vida.
Jesús, el Hijo de Dios, haciéndose semejante en todo a nosotros, menos en el pecado, también fue bautizado. En este momento “se abrieron los Cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y se posaba sobre él” (Mt 3, 16); se queda el Señor entre nosotros, se acerca lo que estaba distante, cielos y tierras se abrazan, empezando una nueva etapa de salvación.
Comentario al Evangelio Mateo 2, 1-12. Epifanía del Señor. Hoy celebramos la Epifanía del Señor,…
La Sagrada Familia nos enseña que lo sagrado nace en lo cotidiano, cuando alguien cuida, acompaña, perdona y sigue adelante. Ahí aparece Dios. Y ahí renace la esperanza.
Él es la luz que vino al mundo y que alumbra a todo hombre y lo hace hijo de Dios. Una verdad que recordamos en cada Navidad, que el misterio se nos hizo cercano, se nos hizo hombre y habitó entre nosotros.
¡Feliz Navidad!
También a nosotros, que nos preparamos para la celebración del nacimiento del Salvador, Dios nos sigue invitando a acoger en nuestra vida su Proyecto. Como para José, seguramente implicará para nosotros salir de nuestros esquemas o redefinir nuestros proyectos. Pero como a José el Señor nos dice: «no temas, deja que mi proyecto llene de sentido el tuyo, no temas dejarme entrar en tu vida.
El Adviento es un tiempo especial para abrir el corazón a la esperanza y preguntarnos: ¿a quién esperamos? ¿Quién es Jesús para mí, aquí y ahora, en medio de mis estudios, mi trabajo, mis dudas y mis sueños? Este Evangelio nos da una pista clara: para conocerlo, basta mirar a quién se acerca y qué hace. Jesús se define por sus frutos: sanar, liberar, devolver la alegría, abrir horizontes a los pobres y a los que sienten que la vida se les ha apagado.