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Domingo XXII Tiempo Ordinario – A – 30 de agosto de 2026

Seguir a Jesús significa mucho más que admirarlo o aceptar sus enseñanzas. Implica entrar en su manera de mirar la vida, asumir sus sentimientos y orientar nuestra existencia hacia aquello que ardía en su corazón: el amor al Padre y la construcción de su Reino. Jesús contempla el sufrimiento, la injusticia, la pobreza y la enfermedad, y no permanece indiferente. Su confianza total en el Padre lo mueve a comprometerse con los últimos y a trabajar por un mundo más justo, digno y fraterno.

Por eso, cuando Jesús dice: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame», no está invitando a buscar el sufrimiento ni a vivir una existencia miserable. Nos llama a una libertad interior capaz de amar y servir sin reservas. Negarse a sí mismo significa desprenderse del egoísmo, de la necesidad de controlar, de las ambiciones centradas exclusivamente en uno mismo y de aquellas seguridades que terminan ocupando el lugar de Dios. La verdadera libertad nace cuando dejamos de vivir encerrados en nuestros propios intereses y aprendemos a entregar la vida por amor.

Jesús propone una paradoja profundamente evangélica: quien intenta conservar su vida a toda costa puede terminar perdiéndola; quien se atreve a entregarla por amor, la encuentra. En la lógica del Reino, la felicidad no consiste principalmente en acumular bienes, prestigio, poder o seguridad, sino en descubrir para qué hemos recibido la vida y ponerla al servicio de los demás. La cruz de Jesús no es la exaltación del dolor, sino la consecuencia de un amor llevado hasta el extremo. Seguirlo supone estar dispuestos a asumir incomprensiones, renuncias y dificultades cuando la fidelidad al Evangelio así lo exija.

Desde la espiritualidad de san Ignacio de Loyola, este camino puede comprenderse como una llamada a ordenar la propia vida para buscar y hallar a Dios en todas las cosas, disponiéndonos a servirle en la construcción de su Reino. El seguimiento de Jesús requiere discernimiento: preguntarnos qué nos hace más libres para amar, qué nos acerca a los pobres y excluidos, qué decisiones favorecen la justicia y qué apegos nos impiden responder generosamente a la llamada de Dios.

Arriesgar todo por Jesús significa, entonces, poner nuestra vida al servicio del Reino. No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de vivir con un corazón disponible, capaz de dejarse afectar por el sufrimiento de los demás y de convertir la fe en compromiso concreto. El discípulo no puede permanecer indiferente ante la pobreza, la exclusión o la injusticia. Allí donde la dignidad humana es herida, el seguidor de Jesús está llamado a hacerse cercano, solidario y servidor.

Tres invitaciones para vivir el seguimiento de Jesús

1. Acercarme a los últimos.


Esta semana, buscaré conscientemente a una persona, familia o comunidad que viva alguna forma de pobreza, soledad o exclusión. No solamente para ayudarla materialmente, sino para escucharla, reconocer su dignidad y dejarme transformar por su realidad.

2. Elegir la justicia aunque me cueste.


Identificaré una situación concreta de injusticia en mi familia, comunidad, trabajo o sociedad y realizaré una acción posible para transformarla. Seguir a Jesús implica no acostumbrarnos al sufrimiento ajeno ni permanecer indiferentes cuando la dignidad de una persona es vulnerada.

3. Entregar algo de mí por el Reino.


A través del examen ignaciano, preguntaré cada noche: ¿Dónde me pidió hoy Jesús amar y servir? ¿Dónde me dejé llevar por el egoísmo o la comodidad? ¿Qué puedo entregar mañana para colaborar más generosamente con su Reino? Elegiré una renuncia, un servicio o un compromiso concreto que exprese que mi vida no está centrada solamente en mí.

Seguir a Jesús es arriesgarse a amar. Y quien se atreve a entregar su vida por el Evangelio descubre, paradójicamente, una libertad, una alegría y una paz que ninguna seguridad material puede ofrecer. El verdadero éxito cristiano consiste en poder decir, al final del camino, que nuestra vida fue entregada para que otros pudieran vivir con mayor dignidad, justicia y esperanza.