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15 de febrero de 2026 – VI domingo del tiempo ordinario (Mt 5, 17-37)

El Evangelio nos pone hoy frente al tema de la ley. A primera vista parece que Jesús añade más mandatos, pero en realidad hace lo contrario: nos centra en lo esencial. No viene a abolir la ley ni a desecharla, sino a darle plenitud. Y esa plenitud se llama amor.

Mateo escribe para una comunidad judeocristiana que vivía un fuerte conflicto: pasar de una cosmovisión judía, profundamente marcada por la ley y los ritos, a una nueva forma de vida inspirada por Jesús de Nazaret. Para quienes habían sido judíos toda la vida, esto significaba un choque religioso, social y político. Por eso Mateo pone en boca de Jesús una frase clave: “No crean que he venido a abolir la ley y los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud”.

La plenitud de la ley es la justicia, y la justicia de Dios es el amor. Jesús nos recuerda que lo definitivo no son los preceptos externos, sino la capacidad de amar. Como dice la primera carta de Juan: “El que no ama, no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1 Jn 4,8). Y en el juicio final, nos aclara Mateo (Mt 25,31-46), lo que cuenta no es haber cumplido normas, sino haber mostrado compasión y amor a los necesitados. En definitiva, el amor pasa a ser el mandamiento nuevo e inagotable de Jesús (Jn 13:34).

Aquí está el giro radical de Jesús: la ley ya no está escrita en piedra, externa y rígida, sino que se hace interior. Habita en el corazón, llega a los deseos y a las motivaciones más profundas. En palabras de Ignacio, es la “interna ley del amor”,que el Espíritu ha inscrito en nuestros corazones, la que debe regir nuestra vida. Pablo lo expresa con fuerza: el régimen de la ley mata, pero el régimen del Espíritu da vida (2 Cor 3,4-11). La ley externa puede convertirse en condena y esclavitud; el Espíritu, en cambio, nos hace libres para amar.

En sentido práctico, desde la espiritualidad ignaciana, esta ley interna del amor es la brújula que nos ayuda a escuchar nuestro corazón para discernir. En medio de tantas voces y ofertas del mundo, el Espíritu nos permite distinguir lo que nos construye de lo que nos destruye, lo que nos da vida de lo que nos produce muerte, lo que nos hace libre de lo que nos encierra y esclaviza, lo que nos acerca a nuestro verdadero fin de lo que nos aleja de él. Es un dinamismo interior que nos orienta hacia lo que más nos humaniza, lo que más nos hace auténticos, libres y plenos.

Ignacio nos invita a vivir desde la gratitud: reconocer que todo es don, que la salvación no depende de lo que hagamos para merecerla, sino que es regalo de un Dios que nos ama, que quiere lo mejor para cada uno de nosotros. Es gratitud que se convierte en misión: vivir desde el amor agradecido para en todo amar y servir.

La propuesta de Jesús es clara y liberadora: no más esclavitud de normas externas, sino libertad interior para amar. No más miedo a la condena, sino confianza en un Dios que nos juzga desde el amor. No más rigidez de piedra, sino dinamismo del Espíritu que da vida. Por eso, es importante que nos preguntemos:

¿Qué mueve mis decisiones: el miedo a fallar o el deseo de amar?

¿Qué normas externas me esclavizan y qué dinamismo interior me libera?

¿Cómo puedo dejar que la “interna ley del amor” guíe mis estudios, mis relaciones, mis proyectos?

El desafío es vivir con un corazón abierto, dejar que el Espíritu grabe en nosotros la ley del amor y responder con libertad y gratitud. Así descubriremos que la verdadera plenitud de la ley es amar, y que la mayor alegría de la vida es servir.

Por P. Daywing Duarte, S.J.