Segundo Domingo de Pascua – Ciclo A, 12 de abril de 2026. Evangelio según san Juan (20, 19-31)
Nos encontramos en el segundo domingo de Pascua. En este tiempo hemos seguido la transformación de los primeros discípulos, que van pasando de la sombra a la luz por distintos caminos. La discípula que le descubre cuando le llaman por tu nombre, cuando comparte la mesa; al echar la red a la derecha y descubrir que el mismo Señor vuelve de un modo diferente a donde estuvo antes. Hemos visto en la mayoría de los discípulos el paso del miedo a la valentía, de estar asustados, a estar predicando en la plaza, de estar escondidos a salir a la luz. Pero el caso de Tomás es distinto. Tomás es alguien que duda.
¿Quién no ha dudado alguna vez si Dios existe? Sobre todo, cuando es testigo del mal, la pobreza o de las atrocidades de la violencia ante el inocente. Todos llevamos un Tomás dentro, alguna vez nos preguntamos si de verdad Jesús ha resucitado. Lo cierto es que la duda es muy humana.
Podemos pensar que en cuestiones de fe hay que tener todo bien claro y las convicciones muy bien cimentadas, de lo contrario incurrimos en “ofender a Dios” (pero Dios no se ofende: es Dios no humano). Si pudiésemos preguntar hoy a Tomás sobre su experiencia de aquel día del encuentro con el resucitado, seguro que nos dirá: “La duda es parte de la madurez en la fe”. La duda nos pone en la línea de la humildad, no podemos pretender tener nosotros la “verdad absoluta” y creernos superiores a los demás, ¿quién puede comprender el misterio de Jesucristo en su totalidad?
Por otro lado, la duda nos ayuda a profundizar en la búsqueda de respuestas, no nos conformamos con argumentos simples; gracias a la duda, la reflexión teológica ha avanzado a lo largo de la historia en diálogo con la ciencia y la cultura. Finalmente, la duda te lleva al encuentro con otros, desde el diálogo respetuoso y libre, aprendemos y nos enriquecemos del aporte de otros.
Tomás, como casi todos, necesita de pruebas, signos y evidencia para creer; Jesús le propone a él, y a nosotros, un camino distinto para enfrentar las dudas: “Creer para ver”. Esto es arriesgado, requiere valentía, pero vale la pena.
Arriésgate a creer que el amor transforma el corazón humano y verás cómo las personas cambian. Atrévete a creer que merece la pena dar la vida por el evangelio y verás como tu vida se hace profundamente fecunda y recibes el ciento por uno. Arriésgate a creer que el perdón nos hace libres y verás como sana tu corazón y comienzas a vivir en paz. Arriésgate a creer que Dios está contigo y verás que estaba presente, incluso cuando no lo percibías. Es la opción no por la certeza, sino por la confianza. Tener fe es confiar, incluso cuando dudas.
Y a ti, ¿qué te aportan las dudas?





