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Comentario Domingo del Cuerpo y la Sangre del Señor (Jn 6, 51-58)

Durante esta semana quizá has observado por las calles o visto en tus redes sociales distintas procesiones en honor al Santísimo Sacramento, es la solemnidad del Corpus Christi. Una fiesta que nació para recordar a toda la Iglesia el maravilloso regalo que Dios nos dejó como signo de su cercanía para siempre con nosotros. El Cuerpo real de Jesús está con nosotros en esa hostia consagrada, en ese pan que es alimento que nos da fuerza para seguir el Evangelio.

Y a pesar de estas muestras solemnes de adoración y alegría pública, los cristianos debemos estar atentos a no olvidar el centro de esta solemnidad. Ojalá que las procesiones del Corpus Christi desarrollen en nosotros esa capacidad del Espíritu para poder estar atentos a los distintos Corpus Domini de la historia, los cuerpos del Señor que se nos hacen encontradizos en la realidad de los que más sufren y lloran, son perseguidos o difamados, cuerpos fieles que muestran la gloria del resucitado.

Cuando el papa Urbano IV (1264) estableció la fiesta del Corpus Christi la refirió siempre a la comunión del pueblo, a celebrar con una particular intensidad ese sacramento que está para ser comido y compartido, un sacramento que antes que adoración pide implicación, que es presencia real de Jesús en su Cuerpo que ama y se entrega por sus amigos. Jesús pidió antes que todo que partieran su cuerpo, que lo comieran, que se implicaran con él. El Corpus Christi está ahí como recordatorio de todo su Evangelio: no hay amor más grande que dar la vida por los amigos.

“Él se da como recompensa para todos, ya que por cada uno fue ofrecido como comida y precio de salvación… Exhorto a todos los fieles que con su confesión, con su generosa limosna, con oraciones y obras de devoción y de piedad, se preparen para poder participar, con la ayuda de Dios, en este precioso Sacramento y puedan, recibirlo con reverencia y obtener así, con su ayuda, un aumento de gracia”. (Urbano IV, bula Transiturus de hoc mundo, 1264).

De eso va la fiesta de este Domingo, de pedir la gracia que tengamos ojos para reconocer a Jesús presente en el Sacramento del Altar, a Cristo real en los cuerpos de la historia, y a participar en una mesa donde lo más importantes es comer y obrar acciones de amor.

El Corpus Christi aumentará en nosotros la gracia en la medida de nuestra comunión con el Cuerpo de Jesús, con sus benditas manos que pasaron haciendo el bien, curando a los enfermos y liberando a los que estaban oprimidos por Satán. La fiesta de hoy es la prolongación de aquella otra fiesta grande y primordial, la de la Santa Cena donde Jesús partiendo su cuerpo, se ciñó una toalla, se arrodilló y se puso a lavar los pies de sus amigos.

No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ojalá que el Corpus Christi sea la solemnidad de este gran deseo de Jesús. Que nuestra mejor adoración sea una auténtica postración e inclinándonos lavemos los pies de los cuerpos desafiados y desafiantes de la historia.

P. José Javier Ramos Ordóñez, SJ

José Javier Ramos Ordoñez, SJ

Sacerdote jesuita, guatemalteco, de la Provincia de Centroamérica. Maestro en filosofía y ciencias sociales, ITESO. Doctorando en Teología Fundamental, Universidad Gregoriana. Resisto en el deseo de vivir al servicio del Evangelio, sueño con una comunidad cristiana de gestos y palabras consoladoras, tan misericordiosa como su Señor.