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San Lucas (23, 35-43). Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

 

El Evangelio de hoy nos muestra un Rey extraño: Jesús en la cruz. Nada de poder, nada de control, nada de fuerza. Su realeza es quedarse, confiar, amar sin devolver el golpe. Su trono es una cruz, y desde ahí abre camino.

En la primera lectura, Samuel nos recuerda que el pueblo de Israel buscó en David un rey cercano, “de su misma sangre”. Un liderazgo humano: alguien que conocía el cansancio del pueblo y no gobernaba desde lejos.

Jesús lleva eso al extremo. No solo camina con nosotros, sino que entra en lo más frágil de nuestra propia vida y desde ahí nos salva. Por eso el primero que entra en su Reino es un ladrón que solo se atreve a decir “acuérdate de mí”. Sin méritos, sin excusas. Y Jesús, desde la cruz, lo recibe: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”.

En la segunda lectura, Pablo dice que Cristo reconcilia todo “por la sangre de su cruz”. Es decir, Dios no arregla las cosas con fuerza bruta, sino yendo al origen, a la causa, aunque esto suponga sacrificio.

Y esto es significativo en nuestra Centroamérica, donde tantas veces las autoridades se vuelven autoritarias, se alejan, se blindan, hablan de mano dura pero no de justicia, buscan obediencia, no dignidad. Jesús es lo contrario: un Rey que se acerca al dolor, lo asume, lo sana y desde ahí llama a la compasión, la solidaridad y la justicia.

Cristo reina así: sin gritar, sin imponerse, sin miedo. Esa es su fuerza. Y cada vez que alguien en nuestra tierra elige esa manera, aunque sea un poco, su Reino empieza a hacerse real entre nosotros.

Por Vocaciones Jesuitas CAM