Skip to main content

Domingo XXII del Tiempo Ordinario – Mateo 25,1-13

¿Qué estamos haciendo con nuestra vida? ¿Qué es aquello que realmente mantiene encendida la luz de nuestro corazón?

En el Evangelio de hoy, Jesús nos presenta la parábola de diez jóvenes que esperan la llegada del novio. Todas llevan lámparas, todas esperan, todas experimentan el cansancio y el sueño. Sin embargo, hay una diferencia: cinco llevan aceite de reserva y cinco no. Cuando llega el momento del encuentro, unas están preparadas y otras descubren que su lámpara se está apagando.

Jesús no nos está invitando a vivir de tal manera que nuestra existencia tenga sentido, que no desperdiciemos la oportunidad de amar y que nuestra vida sea fecunda para los demás. Para esto, no basta con tener una lámpara; necesitamos aceite para mantenerla encendida. Podemos tener muchas cosas: trabajo, responsabilidades, proyectos, reconocimiento, bienes materiales e incluso prácticas religiosas. Pero ¿qué alimenta realmente nuestra vida? ¿Qué sostiene nuestra esperanza cuando llegan las dificultades, los cansancios y las decepciones?

Con frecuencia vivimos demasiado ocupados, corriendo detrás de tantas urgencias, buscando reconocimiento, acumulando cosas o preocupándonos por lo que todavía no tenemos. Y, sin darnos cuenta, podemos terminar descuidando lo esencial: el amor, la familia, la amistad, la solidaridad, nuestra relación con Dios y nuestra capacidad de compadecernos del sufrimiento ajeno.El aceite representa esa profundidad interior que se cultiva cada día: la fe, la esperanza, la oración, la generosidad y el compromiso con los demás. No se improvisa una vida llena de sentido; se construye con pequeñas decisiones cotidianas.

El Evangelio también nos invita a vivir despiertos, es decir, descubrir que Dios viene a nuestro encuentro en la vida de cada día. El grito de medianoche anuncia la llegada del novio. Es una invitación a estar atentos, a no vivir distraídos ni encerrados en nuestros propios intereses. Dios no es una amenaza que viene a sorprendernos, sino un Padre misericordioso que nos llama al encuentro y a la comunión. Por eso, estar vigilantes no significa tener miedo al final de la vida, sino preguntarnos cómo estamos viviendo hoy. ¿Estamos construyendo relaciones más humanas? ¿Somos capaces de escuchar a quien necesita ser escuchado? ¿Nos duele el sufrimiento de quienes viven en pobreza, exclusión o soledad? ¿Estamos utilizando nuestros talentos y posibilidades para servir?

Desde el seguimiento de Jesús, la esperanza no es una espera pasiva. Es una manera nueva de mirar la realidad y de comprometernos con su transformación. Quizás hoy necesitamos preguntarnos: ¿qué aceite estoy poniendo en mi lámpara? ¿Qué actitudes necesito cambiar? ¿Qué personas necesitan que mi luz les ayude a recuperar la esperanza?

No olvidemos que el Reino de Dios comienza a hacerse presente cuando elegimos el amor por encima del egoísmo, la justicia por encima del privilegio y la solidaridad por encima de la indiferencia.

Que Jesús nos enseñe a vivir con sabiduría, con un corazón libre y disponible, sin dejarnos seducir por falsas seguridades. Que cada día podamos alimentar nuestra lámpara con gestos concretos de misericordia, servicio y fraternidad.

Porque la mejor manera de esperar el encuentro definitivo con Dios es aprender a reconocerlo y servirlo hoy, especialmente en los más pequeños y vulnerables.

Mantengamos encendida la esperanza. Trabajemos por el Reino de Dios y comprometámonos con la construcción de un mundo más justo, solidario y humano.

Esa será la luz que dé sentido a nuestra vida.

Erick Hernández, SJ

Sacerdote jesuita salvadoreño, psicólogo. Actualmente coordina el Sector de Espiritualidad de la Provincia Centroamericana de la Compañía de Jesús. También trabaja en una parroquia en la costa norte de Honduras.