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Domingo 12 de julio de 2026 – (Mt 13, 1-23)

Este domingo, reflexionamos en torno a la parábola del sembrador. En el texto del evangelio de san Mateo, encontramos la parábola y su explicación, hecha por Jesús a los discípulos. Podemos detenernos para contemplar la actitud del sembrador. El texto nos dice que este hombre lanzó la semilla por todas partes: por el camino, en el terreno pedregoso, el terreno con espinas y en la tierra buena. Gran generosidad la del sembrador, esparce la semilla por doquier, como con la esperanza del campesino que  la tierra hará que produzca fruto.


La semilla esparcida por este sembrador, nos dice Jesús, es la Palabra del Reino. La tierra en donde esa semilla cae somos nosotros. Pero esta tierra, que soy yo, no siempre está lista para recibir esa Palabra con la misma generosidad con la que el sembrador lanza la semilla.

Y es que en mí y en diferentes momentos de mi vida, soy como la tierra a orillas del camino, distraído en tantas cosas que no soy capaces de reconocer la voz del Señor.  Otras veces soy tierra pedregosa, cargado de tantos sentimientos o resentimientos, afecciones, heridas… que impiden que la palabra, en mí, eche raíces. En ocasiones entro en dinámicas de vida que hacen que mi tierra se llene de espinas, ahogando la Palabra del Reino. Pero en el fondo sé que hay,  ahí dentro, tierra buena, esa que sí puede producir fruto.

De esto, el generoso sembrador está seguro: en mi terreno, en mi vida, hay tierra buena, capaz de producir fruto. Él sabe de qué estamos hechos, porque Él nos hizo a su imagen y estamos llamados a ser semejantes a Él. Este generoso sembrador sigue confiando en mí y hoy me invita a mover mi tierra, a vivir en profundidad, a quitar las piedras que la invaden, a limpiarla de las espinas que ahogan la existencia y a hacer brotar esa tierra buena de la que estoy hechos, porque soy su hijo.

Que la Palabra de hoy llene nuestra vida de esperanza para que hagamos posible el Reino que ella anuncia.

Carlos López, SJ

Sacerdote jesuita de la Provincia de Centroamérica. Realizo estudios en Teología Moral. Creo que el encuentro cotidiano con la Palabra de Dios es capaz de transformarnos y de orientar nuestras vidas. Es a partir de este encuentro y de la familiaridad con el Señor, que podremos adquirir los criterios para habitar cristianamente nuestro mundo. Esto es, vivir insertos en la realidad y en la historia, sin traicionar los valores fundamentales del Evangelio.