En este Día de los Fieles Difuntos, la Iglesia nos invita a mirar la muerte con los ojos de la fe, recordando que quienes han partido no están olvidados, sino que viven en la presencia amorosa de Dios.
En este Día de los Fieles Difuntos, la Iglesia nos invita a mirar la muerte con los ojos de la fe, recordando que quienes han partido no están olvidados, sino que viven en la presencia amorosa de Dios.
Es momento de mirarnos sin miedo y preguntarnos: ¿a quién nos parecemos más, al publicano o al fariseo? Ambos oran al mismo Dios y acuden al mismo templo, pero sus corazones son distintos: uno se abre a la misericordia, el otro se encierra en su orgullo. ¿Y el nuestro?
En el mundo de lo exprés del todo rápido, a veces queremos que Dios sea como un trabajador de “pedidos ya”, pero lo cierto es que muchos de los dones que Dios da se fraguan a fuego lento y con participación del interesado.
La memoria agradecida, esa capacidad de recordar con gratitud lo que Dios ha hecho, es fuente de conversión. Nos invita a mirar la vida desde el Evangelio, a redescubrir la presencia de Dios en lo cotidiano. Solo desde la gratitud se renueva el corazón, se ensancha la mirada y se aprende a vivir de una manera nueva.
En el evangelio de Lucas que escuchamos hoy, Jesús no está haciendo un discurso de principios, sino un discernimiento práctica que refleja la realidad de injusticia hacia los pobres, la causa es el corazón egoísta y ambicioso que pone su amor y confianza en el dinero.
En el evangelio de Lucas que escuchamos hoy, Jesús no está haciendo un discurso de principios, sino un discernimiento práctica que refleja la realidad de injusticia hacia los pobres, la causa es el corazón egoísta y ambicioso que pone su amor y confianza en el dinero.
Jesús nos advierte que no basta haber estado cerca de Él de manera superficial, no basta decir “hemos comido y bebido contigo”; lo que cuenta es vivir de acuerdo con su Palabra, actuar con justicia y misericordia, dejar que nuestra vida sea coherente con el Evangelio.
¿Minus? Sí, buscando ante todo la gloria divina y no la propia, dejando que el Señor aparezca y nosotros disminuyamos. Sabiéndonos frágiles y amados, servidores los unos de los otros. La fecundidad de la humildad contrapuesta al enaltecerse, poniendo el amor más en obras que en palabras ¿Cómo vives el magis? ¿Te animas a servir desde el minus?
Jesús nos advierte que no basta haber estado cerca de Él de manera superficial, no basta decir “hemos comido y bebido contigo”; lo que cuenta es vivir de acuerdo con su Palabra, actuar con justicia y misericordia, dejar que nuestra vida sea coherente con el Evangelio.
La imagen del fuego, en este contexto, nos recuerda lo que deberíamos ser: creyentes capaces de arder en un mundo apagado. Ser misericordiosos cuando predomina el rencor. Sembrar paz en medio de la guerra. Proclamar justicia en entornos de corrupción e inequidad.