Skip to main content

III Domingo de Pascua 19 de abril de 2026 – Lucas 24, 13-35

Durante su vida terrena, los discípulos caminaron junto a Jesús porque fueron llamados para «estar con Él». Sin embargo, en el evangelio para este III domingo de Pascua, «camino a Emaús» parece que la vida, pasión y muerte del Maestro aún no es una alternativa del discipulado, pues ellos esperaban «que Él sería el liberador de Israel». En medio de la decepción, la tristeza y la frustración, es el Resucitado quien corrige y reorienta el camino del discípulo, explicándole las Escrituras. En seguida, al escucharla explicada los discípulos comprenden que en adelante el seguimiento de Jesucristo debe estar siempre marcado por lo que Él mismo vivió y llevó a plenitud.

Así, la Escritura, junto con la experiencia de vida que brota de ella, se convierte en el marco referencial indispensable para comprender el proyecto salvífico de Dios revelado en Jesús. En efecto, el memorial de la mesa eucarística y la explicación de la Escritura, «abre los ojos» de los discípulos a una nueva dimensión de su relación con el Resucitado. Es al momento de partir el pan, experiencia fundante de la fe, cuando lo reconocen y expresan lo que la presencia vivificante del Resucitado suscita en ellos: el ardor del corazón y la fuerza de la gracia.

Este memorial constituye la experiencia fundante de la vida cristiana y, al mismo tiempo, condición de posibilidad para el anuncio eficaz del Reino. Solo después del profundo encuentro transformador y personal, ahora sí, iluminados por la presencia del Resucitado, los discípulos de Emaús corren con alegría a comunicar lo vivido a los demás.

Oremos, pues para que nuestro encuentro personal con el Resucitado y Señor de la vida, presente en la Palabra y la mesa eucarística, sea la fuente de nuestra esperanza y nos impulse a anunciar con alegría el Reino de Dios.

*Imagen de portada: Arte de Wendy Keller